ECOS DE INFANCIA: LOS JUEGOS QUE NOS ENSEÑARON A SER FELICES

Venga, le contamos cómo fue que empezaron las risas y cómo todavía se escuchan, porque entre tanta carcajada, a veces daban ganas de llorar. Con estos juegos uno terminaba llorando de la risa o por inconformidad, pero las risas… esas sí eran fijas, no faltaban nunca.

Ay, m’hijito… usted no se imagina lo bonito que era jugar antes. No había celulares, ni pantallas, ni tanto ruido de carros. Lo que había era campo, risas y un puñado de amigos con ganas de divertirse. Allá, en aquellos días, los juegos nacían del corazón y de la tierra misma. Con lo que había, se inventaba la alegría. Y cada juego tenía su historia, su forma de enseñarnos a compartir, a respetar y, sobre todo, a disfrutar de lo sencillo.

Los juegos tradicionales no eran solo para pasar el rato, no señor. Eran una manera de estar juntos, de fortalecer la amistad, de mantener vivas las costumbres de nuestro pueblo. Por eso, cuando recuerdo el tejo, la gallinita ciega, la culebrita y las carreras de encostalados, siento que dentro de mí todavía vive ese niño que corría descalzo, riéndose sin preocuparse por nada.



El Tejo

Ah, el tejo… eso sí que es una joya de nuestra tierra. Nació aquí mismo, en el corazón de Colombia, por los lados de Turmequé, en Boyacá, hace muchos, pero muchos años. Dicen que los indígenas muiscas ya lo jugaban, solo que en vez de mechas y pólvora usaban piedras.

El tejo no es solo lanzar un disco de metal; es un símbolo de nuestra identidad. Cada estallido de la mecha es como el grito del alma campesina, alegre y orgullosa. Alrededor de la cancha siempre hay risas, música, amistad y, claro, ese espíritu competitivo que nos une más que nos separa. Es un juego que huele a tierra mojada, a chicha y a recuerdos de pueblo.




La Gallinita Ciega

La gallinita ciega… ese sí era un juego de ternura y risas. Viene de lejos, de España, y llegó a nuestras tierras cuando todavía todo era más lento y sencillo. Se juega con una venda en los ojos y el corazón a flor de piel, porque uno confía en el oído y en las voces de los demás. 
En los patios grandes, con la brisa corriendo y los niños cantando, la gallinita buscaba a sus amigos riendo, tropezando, sin miedo de caer. Enseñaba algo bonito: que a veces uno no necesita ver para sentir, que la confianza y la risa también son formas de encontrarse con los otros.



Los Encostalados

Y cómo olvidar las carreras de encostalados, m’hijo. En cada fiesta del pueblo o en el recreo de la escuela, ahí estaban los costales de harina o de arroz, listos para llenar de polvo los pies y de alegría el corazón.



Este juego tiene su origen en los campos de Europa, pero aquí, en nuestra tierrita, tomó su propio sabor. Saltar dentro del costal, tropezar, caer y levantarse era toda una lección de humildad y risa. Nos enseñaba que no importa caerse, lo importante es seguir brincando, seguir intentándolo.



La Culebrita

¿Y que me dice de la culebrita? esa sí que era buena! No se necesitaba nada más que muchas ganas de moverse. Todos los niños se agarraban de la cintura, uno detrás del otro, y formaban una gran serpiente humana que se retorcía entre gritos y carcajadas. 

Este juego tiene raíces en América Latina entera, aunque en cada región se juega distinto. En nuestros pueblos, la culebrita enseñaba la unión, el trabajo en equipo, y esa alegría de sentir que todos íbamos juntos, sin soltar al de adelante, confiando en que no nos íbamos a caer. Era pura vida, puro movimiento, puro compañerismo.


Así eran los juegos de antes: sencillos, pero llenos de alma. No necesitábamos mucho para ser felices. Bastaba con un grupo de amigos, un poco de espacio y las ganas de compartir. Cada juego era una historia viva, un pedacito de cultura que hoy, más que nunca, debemos recordar y cuidar. Porque cuando un niño juega como jugábamos antes, el corazón del. pueblo vuelve a latir.

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